La muerte engrandece a los hombres, más aun cuando, en el caso de un escritor, las editoriales son las encargadas de hacerlo: "testamento literario de Carlos Fuentes", dice la crítica acerca de la novela ensayo recientemente publicada por Alfaguara, Federico en su balcón. No es la mejor de las novelas de este gran escritor, que sí nos legó la insoslayable La muerte de Artemio Cruz, pero sí es una miscelánea de la condición humana.
Desde un balcón ubicado en el Hotel Metropol, Federico Nietzsche regresa a la vida para despedirse de ella, y confirmar, una vez más, la teoría del eterno retorno. Federico es también Carlos, al punto tal que alternan sus nombres: Carlos Nietzsche y Federico Fuentes, uno y otro conversan sobre el poder hasta que el día se acaba y la tarde clausura los postigos de sus balcones; dialogan hasta desaparecer, para retornar, para no morir, porque ambos necesitan estar presentes; Nietzsche para modificar pensamientos que le atribuyó la historia: "Yo no fui antisemita, ni fascista, ni nacionalista. Muy difícil entender mi idea del superhombre y fácil deformarla". Fuentes, para pensar el por qué del fracaso de la revolución.
El narrador se multiplica en sus personajes y cada uno de ellos representa una clase social o una posición política con respecto a la "revolución". Saúl Mendés-Renania personifica al hombre incólume, de ideales como el Che Guevara, e intransigente al estilo de León Trostky y su revolución permanente; termina asesinado por la ex monja María-Águila. Dante convence a las multitudes con su oratoria. Aarón nos introduce en los problemas de la ética, es capaz de matar en nombre de la revolución. Basilicato es un zapatero remendón que sobrevive a todo, y que personifica la corrupción, la marginalidad capaz de aliarse a cualquiera en función del rédito personal. La revolución, ese sueño eterno, de Andrés Rivera, es la dinamita que usa Fuentes para interrogarse acerca de las luchas sociales, la identidad, el suicidio, la violencia, la avaricia por el dinero, la medicina que hace del hombre una patología, qué es lo justo y el valor de la justicia, y una cultura que pretende explicarlo todo.
Un narrador, el propio Carlos Fuentes, observa sus últimos rescoldos de vida, y en ese meditar se da cuenta que resulta imposible superar las contradicciones de la ética, y que sólo un estadio nuevo, tal vez, lo encuentre en el eterno retorno, donde a los leones se les rasca la panza y los pájaros, anidados, todos, hasta en la última rama del gran árbol, uno por uno, le conceden la bienvenida a los que ya no están, a los que están por morir, y por siempre, a los que regresan.
© LA GACETA Marcos Rosenzvaig - Dramaturgo y novelista tucumano. Doctor en Letras de la Universidad de Buenos Aires.